
Extasis (*)
La mujer llegó preguntando por un tal San Simón, la ese sonaba a catacumba cuando salía de entre sus dientes. Con una mirada fija de ojos en vidrio lastimó incluso la voz, que trémula salía cada vez que hacía la pregunta; pues la hizo, y varias veces. LA MONJA VOLTEÓ, LA MUJER CRESPA Y EL NIÑO TAMBIÉN. De entre el olor a humo de velas y los fríos típicos de madera antigua de iglesia, la mujer de gris le contestó que no. San Simón no estaba en aquella iglesia. La monja estimuló una vez más su garganta con pequeñas toses y le sugirió que visitara la imagen de un cristo en sangre, un eccehomo. ¿Que tendrían que ver dos iconos totalmente difusos el uno al otro? A que perdida construcción de cruz en cima había llegado la devota simonésca, no había indicio; y la iglesia era humedad. Las velas eran ficticios chispazos y el celeste de los muros armonizaba muy bien con la ropa de los ángeles. Era invierno. ¿Es necesario decir acaso que la mujer piadosa traía un paraguas? Y UNA PARKA AMARILLA Y SU VOZ TREMULA. Cuando el silencio y el invierno comulgan juntos dentro de una iglesia la fe realmente existe. Si no, pregúntenle a la mujer amarilla, quien de pie y con la vista enfrente al santo rojo recomendado, y luego de unos segundos de hacer sollozos, se hincó, y abriendo los ojos como lámparas blancas fingió el milagro y depuso su ruina. Con sonrisa hipnótica, concluyó de excretar sus ojos contra el yeso, mientras los perdidos del cristo implorando al padre, se elevaban. Todo era ojos. Y la estatua contigua de un párroco muerto miró también la escena, y el ojo izquierdo del cordero pintado en el techo, y la mujer crespa se los tapó al niño. Y la monja dejó de toser y apuntó con el dedo a la parka amarilla, que era violeta incandescente entre tan poca vela. Y comenzó un sonido, un crujido y el frío sonó a estridente craquelado, y el relámpago se dibujó en el vidrio que rodeaba el busto de la pasión. Las rodillas en el suelo de la extasiada se pusieron rígidas, cuando los muslos se pusieron rojos de llovizna; y luego contarían que había intentado gritar, pero que el gesto sardo en la boca se lo impedía, y la iglesia era todo altar, de ángeles en coro y paredes que parecían derretirse. El pecado era un cuento de imbéciles. ¡Que va a hacer!, gritó la crespa, ¿Que haremos, dijo la monja…?
(*) de los "cuentos automáticos sin conienzo"

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