IGNEO

Escuchaban una canción de Pink Floyd, esa en que la voz femenina orgasmea al son del piano, cerraron las dos ventanas pequeñas que hacían ingresar lo poco de aire y luz al cuartucho lleno de moscas. Vaciaron el contenido del frasco por todo el piso, paredes e incluso al alto techo que soñaba a esas alturas con el momento que venía. El tiempo, el olor a años sagrados de antaño, hoy eran una multitudinaria recepción a cientos de arañas, polvo y acumulos indescriptibles.
Ambos seres, que no habían planeado ninguno de los acontecimientos a perpetuar, estaban dichosos. La muchacha quitó el frasco a su acompañante, con suavidad se lo acercó a su cabeza y dándole dos golpecillos, se roció las últimas gotas. Al sonido del dedo golpeando el vidrio vino un silencio que espantó a una mosca a huir del lugar.
La casa, construida hace unos cien años había sido testigo de una guarnición de acontecimientos. Había visto como la ciudad a la que pertenecía había crecido, mutado, encementada e iluminada; llenado de gentes de aliño moderno. Se le asomaron inmensos edificios contiguos, nuevos hijos ciudadanos en reemplazo de hermanas suyas muertas. Esta casa era madre única. Ya no quedaban como ella, tampoco habitantes que la consolaran, ya que por su vientre los últimos moradores, una vieja anciana solterona y su enfermera ya eran recuerdo. Los dos últimos seres semi-paridos eran esos dos fantasmillas urbanos, hombre y mujer adolescente, quienes daban el turno a construirse un mundo inútil, lleno de carcajadas paranoicas y visiblemente ajenos a cuanto rondaba fuera de esta casa. Para ellos, era solo un lugar para bailar, reírse, amarse o sólo amanecer desnudos; la violencia, en sus rasgos más potentes tendría su debut, a media tarde, calurosa y movediza hacia un final en medio de la urbe nueva.
Si esta pareja fumaba algo, en aquel momento no lo parecía, pues sólo el acto de empapar la habitación y cuanto se topó con el frasco de olor fuerte, rescatado desde el interior de una vitrina sin patas, era un riesgo. Pero cada grito entremezclado con la música y cada palabra que no se decía, parecían elevar este altar panteísta y único a un escenario sublime, de redención, de fuegos purificadores; pues, seguido al fin de la melodía, el casete de la añeja radio se detuvo, y de un segundo a otro comenzaron gritos de espanto al ver que las paredes anaranjeaban en llamas, y alaridos que se convirtieron en bramidos cuando de pronto, de entre los hirsutos cabellos rojos de la niña, comenzó a salir una hilacha de humo, y más de pronto aún, una chispa, que recordó a su compañero un petardo de infancia. La vieja casa ardía, sus paredes de papel tapiz apercanado y tabiques apolillados se venían abajo, como si el fuego fuese acompañado de un gran terremoto. Las moscas del techo colaboraban a esta nueva sinfonía, con un constante y espantoso sonido de lluvia, a esa altura imaginado, ya que al intentar escapar de este limbo, los cientos miles de puntos negros se daban de golpes una y otra vez por los pequeños ventanales cerrados. Mientras abajo, una sombra antes femenina dejaba de gritar, dejaba sus razones para participar en aquel espectáculo, y su personaje ya no reía porque no tenia lengua, ni labios, ni dientes que mostrar al público. Su compañero, en un rincón poco antes de dormirse, recordó la última vez tres minutos atrás, en que la chiquilla le había dicho que lo amaba, mientras comenzaba a bajar su cremallera.

La casa, de manera fantástica, desapareció casi totalmente entre el carbón y cenizas de igual aspecto. Si a alguien importó la causa del fuego era igual. De todos modos, se encontró un pequeño frasco que, según un bombero, podría haber contenido algún liquido ígneo, pero daba igual ya que no había indicios de personas que detonarán el espectáculo de llamas más sorprendente, que nunca antes presenciara la ciudad.

1 comentario:

Tonia dijo...
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