LAS 24 MALdiciones (*)
el chiquillo tenía una maldición: le habían abortado la vida cerca de los cuatro años debido a las actividades prejuiciosas de sus padres; un marino de alerce viejo que paseaba todas las tardes por las cornisas de edificios, siempre a la misma hora. Su madre no lo hacía mejor, pues cuando no estaba destornillando su cabeza a sudados jirones, estaba servida en mesa, en algún buen hogar del sector, acompañada de los mejores vinos y especias, que a veces le quemaban la piel durante días.
El niño, de aspecto inerme caminaba; más bien rondaba por su gran y bella ciudad.
Por la mañana, la maldición ordenaba que debía beber dos cafés y comer cuatro galletas blandas acompañadas de mermelada hecha de sangre; receta delicada robada por su madre en uno de sus banquetes. Cuando el frío era agobiante, dejaba uno de estos bocados para las doce un cuarto, hora en que se topaba con su padre en una escalera cercana al correo. El entregaba la galleta al padre y este a su vez, devolvía de su mano no enguantada una paloma moribunda. Ambos almorzaban juntos.
Sus tardes eran iguales, virtud patriarcal. Primero, recorría el suburbio hasta llegar al centro del pueblo, siempre maldiciendo en voz alta. Cuando le rodeaban gentes, más de alguno se sentía ofendido y devolvía garabatos y manotazos al aire. Antes de cruzar el Arco de las Bendiciones, quitaba una moneda a una ciega, especie de ornamento inerte en la fachada, quien maldecía en silencio al perro ladrón. Al instante, la moneda era chupada durante varias cuadras, y los escupos iban directo a las espaldas de los transeúntes que lo adelantaban.
Son casi las dos y media y la vista es formidable. En horizontal, una fila de verticales colores gris, azul cobalto y blancos, matizadas con hilachas negras, amarillas, y una que otra mochila roja, forman el río de estudiantes que, en dirección contraria al perro maldito vestido entero de naranjo, apresuran el paso en busca de la puerta del colegio. Esta era su hora predilecta, pues la maldición parecía a la vez la más ejemplar. Desde la boca sonaba el metal entre los dientes, era casi un lenguaje. Quedándose quieto, entre chiquillos de su misma edad y sin maldiciones, babeaba la última sorba de saliva amarga. Corría entonces, una gruesa sopa transparente por el mentón, cuello, pecho; luego por la entrepierna y la pierna a la vez, hasta llegar a sus zapatos y desde ahí al suelo. La reacción del montón…
*de los cuentos automáticos sin comienzo

4 comentarios:
Te sientes bien?????
toniakroegeralacecho.blogspot.com
que weeeeena, me recordó los "Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte", que son raros por las sensaciones que causa al leerlos: entre asco, risa, lástima. Lo peor es que cuando uno se ríe se siente culpable por ser tan malo...que weeeno !
Un día nocivo, Veinticuatro horas de maldición, cada minuto una maligna desgracia, cada segundo un placer… interesante
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